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lunes, 16 de septiembre de 2013

Holoceno



Piramides de Egipto... Obra del hombre
Por Nelson David Oliva


Muchos creen que antes del nacimiento el ser que se forma no recuerda, no padece, no sabe lo que en su entorno ocurre. No pienso así. Sé demasiado para negar que conozco de padecimiento. He oído el  canto de las estrellas, he sentido el frío en lo desabrigado, he compuesto historia y pasos que nunca se han vuelto realidad. He hecho tiempo.
Cuando mi padre, la gran sombra, me concibió en la inmensidad del universo, solo existía el silencio. Todo se sentía resacado y aburrido: silencio, no más. 
Mi madre, la luz, solo me observaba sin hablar. Al menos milenios y milenios atropellaron mis sentimientos, sin otra opción que la llevadera calma, la paz.
Cuanto extraño la paz ahora. Mis hermanos y hermanas no me visitaban, estaban tan alejados de mí. Yo era para entonces gris y árida, fría y caliente a la vez, acelerada e inmutable, fuerte y débil.
Al igual que mis otros siete hermanos, era esférica y triste; nada agradable a la vista si alguien me hubiese observado entonces. Era un cúmulo corrosivo en la suspensión oscura y gélida. Ni siquiera mi tío, el gran dorado, me lograba mantener satisfecha. Por muchos años sufrí la inminencia de los cambios, el movimiento de mi cuerpo, la pubertad de lo que hoy soy.
Pero los cambios, como cambios que son, me volvieron nueva y saludable. Mi cuerpo ya era resistente y equilibrado por partes duras y protuberantes;  o líquidas y profundas. Lo mejor de todo era que mi pelo crecía, espeso y abundante, verde y brillante, cubriendo toda superficie dura de piel.
También había sido totalmente abrigada por un fino manto incoloro que me hacía sentir realmente a gusto. Acababa de nacer un nuevo cuerpo, el octavo hijo de mi madre, la luz que nos arremolinaba y protegía. Aunque mi objetivo no era más que dar vueltas y pasear alrededor de mi tío, el gran dorado, yo sentía que estaría destinada a llevar sobre mi espalda una gran responsabilidad sin importar que tan lejos esta estuviera.
Los años pasaron tan veloces como mis primos cometas que se paseaban a menudo por los largos y curvos brazos de mi madre. Fue entonces cuando sentí que el momento que esperaba estaba cerca, podía notar que en mí crecía la vida. Aunque ya conocía el sentimiento de que algo crecía en mi interior, la situación presente superaba toda experiencia, sin dudas era magnífica.
Desde lo lejos oía los gritos entusiasmados de mis hermanos que decían ver que en el ser que yo era crecían otros, en especial uno que parecía perfecto. Decían además que envidiaban mi transformación y crecimiento. Si alguien me hubiese visto entonces, se sorprendería por lo notable que resultaba mi figura con respecto a mis hermanos; y yo contenta por ello.
El supuesto ser “perfecto” que se albergaba en mí, era completamente alucinante. Al decurso de los años cambiaba, se volvía inteligente y relevante. En zancadas de tiempo llegaron a vivir de mi cabello, lo cortaban para construir sus hogares; no me molestaba en lo más mínimo, eran tan agradables que no me importaba que tomaran de mi lo que necesitaran para existir.




Incluso llegaron a nombrarme, a mí y a mis hermanos, a mi madre, a mi padre, a mi tío, a todos. Me llamaban Tierra. No había criatura que sobre mi piel creciera que adorara más que a ellos. En comparación con los otros, los hombres eran alucinantes.
Actualmente, desearía poder medir mis palabras hacia ellos. Tanto se desarrollaba el ser “perfecto” que mi asombro crecía sin paro alguno. Bebían de mi, como los demás, construían en mí; en fin, me adornaban. Pasaron entonces más y más años, pero esta vez mi asombro no crecía hacia su perfección sino a cuanto se habían deteriorado. Ya no eran los amables seres que me cuidaban a la vez que me usaban, ya el uso no tenía buena paga. ¿Por qué me hacían esto? ¿Qué motivo tenían? ¿Por qué trataban así a quien los había cuidado tantos siglos?
No respetaban mi amor hacia ellos, al contrario me martirizaban. Desde entonces supe que comenzaría la peor parte de mi larga vida: la era humana.
Cómo se atreven a cortar mi pelo para poner en sus claros enormes estructuras a las que llaman ciudades. Cómo se atreven a perforar mi piel sumiéndome en dolor para extraer mi sangre, esa sustancia negra a la que llaman petróleo.
Pero más aún, como se atreven a pelear por él como verdaderos bárbaros. Hoy no los quiero, ni un poco. Hoy me han dejado con el obsequio de no tener nada. Mi madre nada puede hacer, mis hermanos están lejanos, mi padre está demasiado ocupado en el infinito para atenderme; incluso el fino manto que me protege de las ofensas de mi tío ellos me han rasgado.
Me siento enferma y solitaria, tal y como era en mis principios. Mis dolores de cabeza ocasionan tormentos, mis temblores hacen que mi piel se rompa y cause daños, las nubes, que antes eran mis más livianos pensamientos, se han vuelto agitadas y amenazantes. Mis pulmones no dan más, toso y toso sin remedio.
Cada día lo verde de mi cuerpo se sustituye por modernismo plateado, lo azul de mi forma se vuelve negro por mi sangre que ya no encuentra sitio por donde brotar; y de la que, si mis cálculos no fallan, no queda mucho. Me siento acalorada, más que en la etapa de mi vida a la que los seres “perfectos” llaman verano.
Mi temperatura sube y sube sin frenos, ¿¡acaso habré caído en un estado febril, o qué sucede!? Lo que me alarma es que unas cortezas blancas que hay sobre mi cabeza y bajo mis pies nombradas hielo están desapareciendo. No se entonces a que se referían mis hermanos con nombrar  al hombre: ser perfecto.
Pienso, y me abrumo pensando, en si esto era lo grande para lo que estaba destinada, servir para recibir disgustos y abusos. Soy yo quien está envidiando a mis hermanos en estos instantes, ellos no conocen lo que es padecer en serio. Ahora culpo a mis padres por concebirme y destinarme tal presente. Soy yo quien se plantea cada segundo el por qué de tan aquejada existencia.
 No sé qué me hizo preferirlos, en vez de a otros seres más respetuosos hacia mí. Que me hizo dejarlos aprovecharse de las maravillas que les brindo, que como ellos dicen no extrañarán hasta que las pierdan. Aunque algunos se preocupan, no creo que haya salvación; exacto, así como escuchas, no soy optimista ante lo que me espera.
Porque sé que ellos son inteligentes les atribuyo más y más martirios hacia mí, aunque de manera controversial no sea inteligencia, es ignorancia.
La extinción probará todo. Algo me dice que algún día, en el que muchos cantos de estrellas hayan muerto, terminaré en paz, tal y como empecé: fría y sola.  

     

El Holoceno (del griego holos, todo, y kainos, reciente: la era totalmente reciente), una división de la escala temporal geólogica, es la última y actual época geológica del período Cuaternario. Comprende desde el fin de la última glaciación. Es un período interglaciar en el que la temperatura se hizo más suave y la capa de hielo se derritió, lo que provocó un ascenso en el nivel del mar.
La única especie humana que ha vivido en está época ha sido el Homo sapiens, que durante estos últimos milenios desarrolló la agricultura y la civilización, ocasionando importantes cambios en el medio ambiente.

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